

Iván Cabezón Cofré concibe su trabajo escultórico a partir de la utilización preferente de materiales metálicos, provenientes de los desechos y las sobras de objetos manufacturados que han cumplido su ciclo de uso y empleo. Al actuar así contemporiza una labor que se asienta con plenitud en las expresiones artísticas –alguna vez vanguardista- que hacen del residuo y la chatarra un fundamento válido de las indagaciones y experiencias visuales que en trasfondo portan una visión crítica al desarrollo avasallante de la tecnología y a la voracidad consumista de las sociedades actuales. Al presentar, sin embargo, desde uno de los posibles ángulos de análisis las argumentaciones creativas de este escultor, se ofrece una ocasión singular para aludir a la obra pionera del español Julio González (1876- 1942) quien, residente en París en el transcurso de la Primera Guerra Mundial, oficia como operario de la fábrica Renaul donde aprende y asimila a cabalidad, los sistemas de soldadura autógena que más tarde aplica en el diseño y la elaboración de esculturas armadas con láminas de hojalata y cobre que se ensamblan y fijan a través del sistema referido .
Parte de esos descubrimientos y posibilidades expresivas que aporta la inédita tecnología los traspasa a su coterráneo Pablo Picasso (1881- 1973) y ambos orientan con vigor caminos sorprendentes para la escultura del siglo XX. Por otra parte, en la corta y atractiva trayectoria del artista chileno se revela la preocupación temática más genérica del arte de hoy: el hombre y su desgarradora situación de incomunicación, soledad, pérdida de identidad y visible tendencia a la automatización en un escenario ocupado y denominado por máquinas y artefactos. Así, resulta comprensible que sus volúmenes se inscriban en una tradición figurativa que, alterados y modificados, conservan suficientes rasgos que hacen reconocibles los motivos protagónicos de sus obras. Lo importante es que además manifiestan mensajes y contenidos que no se angostan en la reiteración formal y conceptual que del tema hacen tantos artistas del presente. Por el contrario de lo que acaece en el génesis de otros artistas visuales, en la proposición de Iván Cabezón Cofré, hay que entender de modo inevitable, las circunstancias desde las cuales emerge un trabajo que confieren atributos nada desdeñables a sus obras y por lo mismo pertinentes de revelar. En efecto, artista afincado en Valparaíso, de formación más autodidacta que sistemática, una severa cortapisa económica lo obliga al manejo de residuos y sobrantes que encuentra en las calles, patios traseros de casas o basurales metálicos. La vocación y apego por la forma escultórica no desaparece ni muere en la trama de los subterfugios de la soldadura o en la adición desbordada de objetos y componentes adjetivos que malogren la transparencia del esfuerzo imaginativo. Sus realizaciones prudentes y justas alcanzan el indispensable equilibrio en que los logros tecnológicos se esconden para favorecer el ejercicio inmanente de la comunicación y diálogo visuales. Con ello aparece el mérito mayor de su quehacer al advertir cualquier espectador la inconsciente concepción tradicional de la forma corpórea, patente en trabajos donde las anatomías masculinas o femeninas rememoran peculiaridades de la estatuaria mediterránea. La comunicación de las conquistas formales del pasado con las amplias alternativas de experimentación que ofrece la técnica de los ensambles, permite al escultor reciclar la sustancia constitutiva de enseres diversos que corroída y mellada asume de modo ambivalente, hondas significaciones en torno a lo efímero y frágil de la propia materia y a la postración y deterioro del hombre en un instante bullente de la era tecnológica.